El origen de nuestros males

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Hace unos cuarenta años, Mario Vargas Llosa se cuestionaba algo sobre su país natal, Perú. Preguntaba a través de su personaje novelesco, Santiago Zavala: ¿En qué momento se jodió el Perú?

Son muchas las ocasiones en que nos hacemos una pregunta parecida. Desde hace un tiempo, yo me la hago sobre España. Y estoy seguro de que quien lea este artículo, también se la hace sobre su propio país. Es por ello que hoy me planteo la misma reflexión. Pero esta vez, adaptada a una sociedad globalizada: ¿En qué momento se jodió el mundo?

La respuesta es compleja  y abarca mucho más allá de un artículo. Sin embargo, las repuestas que siempre nos damos apuntan a lo simple: la culpa es de nuestros gobernantes. De las guerras. De la gente mala. Del dinero. De los grandes poderes. Del individualismo. Pensando sobre lo anterior, me doy cuenta de todo aquello que jodió el mundo. Especialmente de aquello que lo hace mantenerse en una trágica espiral que lo lleva hacia un lugar peor. Una tras otra me van surgiendo ciertas ideas al respecto, pero me desligan de toda responsabilidad. Aparentemente, veo que son causas ajenas a mí puesto que yo no inventé las guerras, la corrupción o el dinero.  Sin embargo, algo me inquieta: ¿No será que soy una extensión más de esa sociedad que tanto critico? Sigo reflexionando y esa inquietud va en aumento. Poco a poco voy tomando conciencia sobre mi responsabilidad en todo esto. La responsabilidad nuestra. La responsabilidad de todos.

Criticamos la indiferencia de países ricos hacia los más pobres, cuando ignoramos y ni miramos a la cara a personas sin hogar que duermen en la calle, cerca de nuestra casa. Criticamos el abuso de poder de las grandes empresas, pero somos los primeros en creernos superiores a los demás cuando ascendemos académica, profesional o económicamente. Criticamos la indiferencia hacia los más débiles en una sociedad tan desigual, pero ponemos rápidamente la excusa de no tener tiempo o dinero a la hora de ejercer nuestra solidaridad. Tiempo y dinero, que nunca nos falta para nuestras múltiples formas de ocio. Somos los primeros en criticar a una juventud sin valores, pero nunca prestamos atención a la Tercera Edad, aislada por la brecha tecnológica y necesitada de algo tan fácil de conceder como un poco de compañía. Criticamos la falta de diálogo entre las partes implicadas en los conflictos bélicos más graves del mundo, cuando en nuestras familias, comunidades de vecinos o centros de trabajo podemos llegar a estar años sin hablarnos con personas cercanas que nos caen mal, o simplemente odiamos. Criticamos la intolerancia, el racismo o el clasismo, cuando somos los primeros en despreciar a quien no lleva nuestra misma forma de vivir, dando por hecho que la nuestra, es la única forma correcta. Criticamos el individualismo que impera en la sociedad, pero sólo tenemos ojos para nuestros propios problemas, y nunca queremos cerca a personas que sepamos que los tienen. Nos escandalizamos ante las flagrantes violaciones de los Derechos Humanos en determinadas regiones del planeta, pero somos los primeros en comprar los artículos producidos en esas regiones, ya que tienen el precio más atractivo.

Siendo como somos, ¿no será que es entre todos y todas quienes hemos jodido el mundo? Estoy plenamente convencido de ello. Si mañana cesamos a nuestros políticos ineficaces o corruptos, mientras la sociedad no cambie éstos serán sustituidos por otros igual de ineficaces y corruptos. Si desmantelamos a la clase empresarial cuya única prioridad sea el máximo lucro, mientras la sociedad no cambie se reemplazará por otra clase empresarial igual de codiciosa.

¿No será el momento de mirar hacia nosotros mismos para cambiar todo aquello que tanto criticamos? Transformemos esta realidad. Podemos y debemos hacerlo. Pero el primer paso lo tenemos que dar nosotros mismos; asumiendo que entre todos y todas, en algún momento, jodimos el mundo.

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