Recordando mis Campos de Solidaridad de SETEM en…El Salvador

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-Toma, más caramelos
-No gracias, todavía me quedan de los de ayer

Esto fue lo que me dijo un niño en el pueblo de Carasque, El Salvador, donde pasé el pasado mes de agosto. Si se los hubiera ofrecido a cualquier niño español, incluso si me los hubieran ofrecido a mi misma, habría dicho:¡si! ¡Más caramelos! Pero este niño me dijo: no, gracias, aún me quedan. La cultura del consumismo no ha llegado aún a esta zona de El Salvador, el pulgarcito de América.

Hechos como estos se han grabado en mi memoria y no paro de darle vueltas. Como tampoco al buen humor de la gente cuando el autobús se estropeaba o no podía andar debido al fango de las lluvias, o cuando no había sitio y había que ir sentado entre sacos de maíz y barreños de anonas. ¿Para qué enfurruñarse? La gente se reía. Tampoco me quito de la cabeza a los niños, detrás nuestro a todas horas. Ni el olor del maíz y el adobe, ni “las casas de cartón”, la canción que escuchaban los salvadoreños que conocimos mientras recordaban los momentos de guerra más duros y nos enseñaban que “los nadies”, como decía Eduardo Galeano, cuestan menos que la bala que los mata, pero también pueden sacar valor de debajo de la tierra y rebelarse contra la injusticia.

Cuando me apunté a los Campos de Solidaridad de SETEM no tenía ni idea de a lo que iba. Ni siquiera entendía bien el sentido del viaje hasta que comencé el ciclo de educación para el desarrollo que se hace antes de partir. No sabía a lo que me enfrentaba cuando aterricé en la humedad sofocante de San Salvador ni cuando la pick up que nos vino a recoger daba tumbos camino a la oscuridad más absoluta, hacia a un pueblo al norte del país demasiado lejos para ser rentable a ojos del Gobierno. Recuerdo que dos chicos que vinieron a ayudarnos fueron todo el viaje en la parte trasera y descubierta del vehículo, y mi compañera Gema y yo nos horrorizamos de verlos viajar sin asiento y sin techo…semanas después seríamos nosotras las que nos pegaríamos por ir en ese sitio y sentir en la piel la noche, el bosque y el viento, agarradas a la barra junto a Nando, Giovanni, Paty…. Los valores cambian cuando haces un viaje de este tipo.

Mi viaje fue raro, y de tan raro fue muy especial. No viajábamos a integrarnos en ningún trabajo concreto sino a pasar un mes con las familias del pueblo. A visitar familias, escuelas, sastrerías, molinos. A hacer jabón con las mujeres y ver jugar a las cartas a los hombres. A acostumbrarnos a que las horas, allí, pasan muy lentamente. A que las tormentas aparecen de repente, se abre el cielo y el agua arrasa todo. A los extraños ruidos nocturnos y a despertarte con la cabeza de una vaca asomando por la ventana. A que los saltamontes pueden ser bonitos. A que las nubes de mariposas existen. A comprobar que todo el pueblo cuenta a la hora de tomar decisiones y por ello se reúnen a todas horas, a compartir vivencias, muchas vivencias, sobre la guerra que les masacró hace pocos años. Impresiona cómo te cuentan lo que han sufrido con resignación, sin victimismo. Gracias a ellos he recordado el valor de la familia, del agua corriente, del WC, de las duchas, del microondas, del frigorífico, de comer cada día lo que queramos. He sido consciente de que no tiene sentido vivir de esta forma tan alocada. Me he dado cuenta de que de tanta suerte que tenemos en España, nos hemos quedado ciegos.

No puedo decir que todo haya sido maravilloso. Mis compañeros saben que lo he pasado mal, que no todo es bonito, que muchas veces piensas: ¿qué narices hago yo aquí? Sólo puedo decir que me siento muy rica por haber vivido lo que he vivido allí, con sus cosas buenas y las malas. Ahora se que ya nada es como antes. Que me siento más cerca del mundo, porque lo veo con gafas nuevas, y me siento más capaz de comprender muchas cosas. Cuando tienes una experiencia de este tipo, empiezas a entender al otro y a juzgar menos. Y compruebas que siendo un poco más responsable en nuestro día a día, movemos una pequeña piedra hacia el cambio.
Y cerraré los ojos y muchas noches aparecerán las casas de Carasque y Nueva Trinidad, y el maíz y los frijoles, mezclado con las canciones que cantaban los orgullosos salvadoreños mientras el inolvidable Padre Miguel nos mostraba una frase pintada en la pared que decía: “la revolución no se lleva en la boca para vivir de ella. La revolución se lleva en el corazón para morir por ella”.

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